martes, 5 de septiembre de 2017

En silencio.

 
 
 
 
Él siempre me cerraba la boca suavemente con su dedo en aquellos momentos.
Siempre.
Y yo siempre le preguntaba por qué. Pero él jadeaba, tan ocupado en amarme, que no me respondía, sino con un romántico “no digas nada
Y yo pensaba que era muy romántico el considerar que estaban de más las palabras en esos momentos en que nos decíamos un “te amo” con todo nuestro cuerpo.
Siempre en esos momentos en que éramos uno, me decía “no abras la boca”, “shhhhh, no hables, amor”, ¡y se escuchaba tan romántico!…
Me derretía pensar que él no necesitara que yo hablara para que entráramos en sintonía; me emocionaba que no necesitáramos hablar…
Con su “no abras la boquita amor”, me hacía sentir la mujer más deseada del universo…

Hasta que un día, después de hacerlo, y mientras ambos, acostados de espaldas, y exhaustos mirando el cielo raso, sin mirarlo, le pregunté –esperando una respuesta tan romántica como esas invitaciones a amarnos en silencio por qué no le gustaba que le hablara mientras lo hacíamos…


- Es que tienes pésimo aliento, amor…-  me dijo…





Ley de Murphy


- Ley de Murphy: Siempre que uno se quiere matar, el tren de las seis se demora lo suficiente para que llegue cualquier idiota a tratar de detenerlo a uno, se aglutine gente, venga la prensa, la fuerza pública, un sacerdote y un político, y uno no se logre suicidar, y quede ante la opinión pública como más miserable de lo que en realidad es, yéndose con la oportunidad de morir, la última brizna de dignidad que a uno le quedaba…
¡Si el tren demora un minuto más, creo que me pescaré un resfrío! ¡Está tan helado el maldito riel!

- ¡Maaauricioooo!, no lo haaagaaaasss…!!!

- ¡Uf!, ¡Allá vamos de nuevo!


El puente.


A uno le acomodaría más que Dios destruyera todos los puentes que uno cruza; que pusiera señales de “no virar en u” en todas las esquinas; que arrancara todo retrovisor de nuestros vehículos; y que mandara a un Querubín a quemar por nosotros aquellas cartas y aquellos discos…
Que nos pusiera zapatos venenosos, para ir matando los caminos a medida que los andamos.
Pero no… ¡tenía que darnos libertad!, ¿no?...
Que tras nosotros cayera fuego y azufre del Cielo quemando las ciudades visitadas; que las pestes de Egipto se hagan un festín con nuestro pasado. Nos vendría bien que Dios cerrara las aguas tras nosotros… Nos acomodaría ir de isla en isla, empezando de cero en cada una, y con aguas infestadas de tiburones… Pero no… Ahí está el puente aún.

Intacto.

La tentación de las escaleras.


Siempre tuve la opción (y la tentación) de subir esas escaleras que llevan a tu casa.
Sobre todo ese día.
Pude parar el auto; hacer caso omiso de las obligaciones. Pero no: seguí, dejando tus escaleras dibujadas en mi retrovisor… Y es que iba tan atrasado a la Iglesia, que ni pensé en parar.
Hubiese sido de pésimo gusto que justamente yo me perdiera la primera parte de la ceremonia…
Ahora me pregunto, qué hubiese pasado si ese día hubiese dejado el auto a la vera del camino,… hubiese subido corriendo por esas escaleras… Y aprovechando que iba vestido de novio, te hubiese pedido que te casaras conmigo…

¡No escupas al Cielo!



¡No escupas al Cielo! (…Al menos no donde rija la ley de gravedad…)

Penélopo.


Siempre me pareció una ridiculez eso de Penélope… (Tanto la de los Griegos, como la de Serrat, pasando por el “Muelle de San Blas” y otros tantos plagios parciales).

Eso hasta ahora, que partiste, y me dijiste “Voy y vuelvo. Espérame, que llegaré con el bus de las ocho”…

...Y me escuché diciéndote “Amor mío, yo te espero; todo el día, y hasta toda la vida si es necesario”.

Pasó ese día; pasaron los años, y con ellos pasó mi adolescencia, pasó mi adultez, pasó mi vida; y como promesa de político, nunca llegaste.

Y te sigo esperando, acá, al lado de ese paradero… ¿No me reconoces?

El barco de Teseo.


- Escucha esta historia, Juan Pablo: “El barco en el cual volvieron de Creta el héroe Teseo y los jóvenes de Atenas, tenía 30 remos, y los atenienses lo habían conservado desde la época de Demetrio de Falero. Así, cuando se averiaba, iban retirando las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, al punto que a la época de Teseo, no quedaba ni una sola de las tablas de los tiempos de Demetrio, convirtiéndose en un buen ejemplo del problema filosófico de la identidad de las cosas que crecen…” ¿Ves Juan Pablo?, ese barco, ya no era el barco de Demetrio.

- Ya. ¿Y?

- Qué así están las cosas: Tú no eres con quien me casé, y lo más grave, ya no eres de quien me enamoré. Aquel, ya no existe más….