He terminado todo, he cerrado el paréntesis que marcó la época más oscura de mi vida.
Sólo falta una última cosa, casi sin importancia, sólo queda un plazo, sólo resta que vayan cayendo algunos días, como gotas que se filtran de una cisterna rota hasta vaciarla completamente. Este plazo me tiene sin cuidado.
Mientras eso ocurre, he desenterrado tus cartas, esas que jamás leí. Ahí estaban, donde las dejé, anilladas en papel croquis, con adornos y monitos, esperándome a que las leyera, siendo más fieles que muchas personas que conozco. Desde luego, más fieles que tú misma.
Te confieso que tengo miedo de saber qué dicen; “tengo miedo de ti” diría en otro tiempo.
…Hoy me he sentado bajo la sombra de un árbol, he preparado el corazón, y he comenzado esa lectura pendiente.
-Tú ves al café y a tus relaciones de la misma manera: si se te enfría, simplemente vas por otro. - Ahora yo te digo mira quien habla… - Volviendo al tema: Entonces, si la felicidad no existe allá afuera, sino que es un estado de nosotros mismos, alentado por nuestro instinto y sazonado con drogas cerebrales, y que dice relación directa con como interpretamos la realidad más que con la realidad misma… ¿Qué esperan las farmacéuticas que no lanzan al mercado la pastilla de la felicidad de una vez por todas? Muchos preferirán andar como zombies, a vivir de verdad. En estos dilemas, si fueran reales y no aparentes, entre la felicidad así entendida y la conciencia, me quedo con la conciencia; entre la felicidad y la acción, me quedo con la acción; entre la felicidad y el amor, me quedo con el amor; entre la felicidad y la curiosidad, mil veces me quedo con la curiosidad. ...Y si hubiera una pastilla que me hiciera inmensamente feliz, y otra que me hiciera medianamente inteligente, me tragaría sin dudarlo la segunda.
- ¿Qué es eso de Schopenhauer, Dostoievski, y noséquiénmás? Eres uno más de esos fanfarrones que se tatúan en la frente los títulos de los libros que leen. Fanfarrón, idiota y disfuncional… - Apuesto que tus tatuajes van por el lado de Coelho , Napoleón Hill, y Pilar Sordo. - ¡Sabelotodo! - Mira quién habla. - ...Cuando el café se enfría, ya no sabe bien...
-No puedes
culparme por buscar la felicidad. Necesitaba a un hombre más civilizado, menos
bestia que tú… -le dijo ella, clavándole esos fríos ojazos suyos.
- ¿Es que
hay algo objetivo llamado felicidad? Yo
creo que Schopenhauer se anotó un punto:
la palabra felicidad es un mero eufemismo… -interrumpió él, sin mirarla, con
los ojos puestos en el horizonte.
Hubo un silencio en que ella lo quedó mirando con un
dejo de decepción e incredulidad.
- A veces olvido por qué nos separamos. Pero tú eres un
permanente post it que me lo
recuerda: contigo no se puede ser feliz –replicó ella, comenzando a revolver nerviosamente
el café.
- No me puedes culpar a mí, no hay nada allá afuera que
se pueda llamar felicidad. La felicidad no es más que un cóctel de químicos
cerebrales que nos hacen sentir menos desgraciados –le dijo, mirándola esta vez
a los ojos.
- Como sea. Tu infelicidad es un crimen de la peor especie,
tu poco apego a la felicidad es peor que una venérea.
- Esa es una acusación injusta –interrupió él-, es como si me culparas por tener resistencia a
la insulina o intolerancia a la lactosa. Hay algunos que traen mejor dotación
de drogas fabricadas en el alambique cerebral… Si hay alguien culpable, esos son
los genes. Hay personas predispuestas a la felicidad y otras no. Punto.
- Pero pareciera que tú te regocijas en la infelicidad…
En cambio, todas las personas normales, por desgraciadas que sean, buscan ser
felices… -reprochó ella.
- Bueno, la
tendencia a buscar la felicidad es un instinto: venimos con eso de fábrica, como parte del “service pack” de preservación de la
especie. Venimos con herramientas genéticas para ser felices, porque siendo
felices pensamos que la vida vale la pena, nos preservamos y tendemos a
procrear.
Eso es lo
que hay detrás de eso llamado felicidad: Instinto y predisposición química. No
hay nada más –apuntó él con energía.
Hubo un
corto silencio. Entonces él agregó:
- …Las
personas “depresivo-suicidas”,
entonces, en el fondo, hemos vencido un instinto, y una narcoadicción. Se podría
incluso decir que eso nos hace más civilizados; ergo, los suicidas somos, desde esta perspectiva, más humanos y
menos bestia…
Hubo un
silencio, y ante el estupor de ella, él remató diciendo:
- Entonces,
¿volvemos o no? – mientras llevaba la taza de café a la boca.
¿Será cierto que la felicidad se
puede comprar en cómodas cuotas mensuales?
A mí me repulsa un poco que el
mensaje publicitario sea algo como: las
personas que tienen bienes son felices >
Las personas felices, son, entonces, quienes tienen poder adquisitivo
para comprar dichos bienes > Las personas con poder adquisitivo son las
pudientes o de segmentos altos > luego, la felicidad está reservada a los
ricos > pero gracias a ABC Din, una persona sin ser de segmentos altos,
tiene poder adquisitivo (vía crédito) > luego, gracias a ABC Din esa persona de segmentos bajos podrá tener bienes o,
lo que es lo mismo, será feliz.
Entonces, la puerta de la felicidad se abre con el plástico de la
tarjeta.
Yo aún reflexiono acerca de eso
llamado felicidad. Pero si de algo estoy seguro, es que la felicidad no es comprar/consumir/tener.
Ana -llamémosleAna Neighborhood- y yo éramos
quienes siempre concursábamos en literatura. Y ganábamos. Competíamos entre
nosotros por la hegemonía de los trofeos que se ganaban para el Liceo
Comercial.
Para
sus profes (estudiaba secretariado) ella era la genio de las letras, una
posible Nobel para Chile. Para mis profes, yo era ese.
No sé
si además Ana Neighborhood era la primera de la clase, pero evidentemente
idiota no era.
Una
vez intentamos asistir a un mismo taller de literatura del Liceo; tal vez
nuestros profes quisieron potenciarnos. Pero mi misantropía y egoísmo de hijo
único, y su talento y autoconciencia de ser lavedettede las letras del Liceo hicieron
inviable esa idea de los profes. Seguimos, entonces, ella por su lado y yo por
el mío, pero ambos sabíamos que llegaríamos lejos, y ella se creía el cuento
más que lo que mi inseguridad crónica me lo permitía a mí.
Nuestros
caminos se separaron en cuarto medio, y bueno, no la vi más, ni siquiera la
recordé. Asumí que ella iría a alguna universidad tradicional, o siendo
autodidacta, de todos modos bebería del éxito. A estas alturas ya la hacía con
algo publicado, y tal vez, con algúnbest
sellera cuestas. A lo menos
la hacía escribiendo para algún famoso escritor, y siendo madre anónima de
algún libro famoso. Pero siempre pensando en que llegaría a Suecia a
recibir cierto premio.
Sin
embargo, años después de esos pensamientos, volví a ver a Ana
Neighborhood. Yo, como ellooserque soy, viajando en una de esas
micros Quibus, que se desarman solas, la que pasaba por uno de las poblaciones
más marginales de Quillota, alcancé a esconder mi vergüenza del fracaso de no
cumplir con las promesas que ni siquiera hice (pero que otros hicieron por mí);
alcancé a correr la cortina de la ventanilla, para que Ana no viera que al fin
la carrera dejó de ser apretada, y yo quedé muy atrás, mordiendo el polvo;
alcancé a agacharme para ocultar a Ana mi derrota, y evitar así que se riera y
regocijara en mi condición.
Como
era de esperar, dada mi mala suerte, en esa esquina había un disco pare, y la
micro se detuvo, quedando mi ventana a la mismísima altura de Ana Neighborhood…
Todo
giró en mi cabeza en esos escasos segundos, y sentí como la sangre me subía a
la cabeza, y los colores me ardían en el rostro. Se detuvo mi respiración.
Ana se
veía realmente feliz, muy feliz. Iba con una guagua en brazos y acompañada de
quien, de seguro, era su pareja.
….Ana,
sin embargo, no me vio: iba demasiado apurada en cerrar con llave la puerta de
su casa e intentar subir con su guagua y pareja a otra micro, tanto o más
destartalada que aquella en que iba yo…
He
aquí la paradoja. Sentí una incomodidad, como la que debe sentir mi PC cuando
lanza una de esasbluescreenantes de apagarse, me puse pálido y me
dio frío. No logré en su minuto, ni logro ahora, procesar lo que vi.
Ana,
de seguro, no era rica; se veía limpia pero muy humilde. No adelgazó, seguía
tanto o más gorda que en el Liceo. Seguía, además, igual de fea. No tenía auto
y viajaba en micro como el perdedor que suscribe. Aparte, su pareja también yo
la ubicaba: era un tipo que, en nuestros tiempos del liceo, él ya era
veinteañero, y trabajaba como vendedor de zapatos en Bata; en ese tiempo ya era
medio calvo y era un verdaderoborderline.
Un virtual idiota, unlooseraventajado.
Y más
aún, Ana Neighborhood no se había ganado el Nobel, probablemente no estaba en
ninguna universidad dando clases, e incluso, probablemente, ni siquiera había
pasado por una. No tenía al parecer losbest
sellerque yo ya le colgaba.
Ana Neighborhood nadaba en el mismo charco de fracaso que yo, o al menos eso me
parecía a mí.
Pero
otra vez, para variar, me equivocaba: el charco era todo mío.
Ana se
veía radiante, incluso hasta bonita desde cierto ángulo. Se veía feliz, como
esas personas que huelen a felicidad, como que exudan felicidad, que contagian
felicidad. Se veía plena, realizada, luminosa. Y no exhibía ademán alguno de
querer esconderse del mundo. Ella no estaba en mi charco, sino que, por
el contrario, Ana Neighborhood era la reina del mundo, una diosa, con su
guagua, con sumarido/parejalimítrofe, y con su “no Nobel”.
Ana es
tremendamente feliz, con todas las luces y sombras del término.
Como
sea, y aunque hasta el día de hoy, no logro razonar el por qué de su
felicidad, el extraño caso de Ana Neighborhood me ha dado una de las
lecciones más importantes de mi vida.