domingo, 7 de diciembre de 2014

Tu voz, después de siete años.


He terminado todo, he cerrado el paréntesis que marcó la época más oscura de mi vida.
Sólo falta una última cosa, casi sin importancia, sólo queda un plazo, sólo resta que vayan cayendo algunos días, como gotas que se filtran de una cisterna rota hasta vaciarla completamente. Este plazo me tiene sin cuidado.
Mientras eso ocurre, he desenterrado tus cartas, esas que jamás leí. Ahí estaban, donde las dejé, anilladas en papel croquis, con adornos y monitos, esperándome a que las leyera, siendo más fieles que muchas personas que conozco. Desde luego, más fieles que tú misma.  
Te confieso que tengo miedo de saber qué dicen; “tengo miedo de ti” diría en otro tiempo.



…Hoy me he sentado bajo la sombra de un árbol, he preparado el corazón, y he comenzado esa lectura pendiente.

sábado, 8 de junio de 2013

Pastillas para soñar


- Tú ves al café y a tus relaciones de la misma manera: si se te enfría, simplemente vas por otro.
- Ahora yo te digo mira quien habla
- Volviendo al tema: Entonces, si la felicidad no existe allá afuera, sino que es un estado de nosotros mismos, alentado por nuestro instinto y sazonado con drogas cerebrales, y que dice relación directa con como interpretamos la realidad más que con la realidad misma… ¿Qué esperan las farmacéuticas que no lanzan al mercado la pastilla de la felicidad de una vez por todas?  Muchos preferirán andar como zombies, a vivir de verdad.
En estos dilemas, si fueran reales y no aparentes, entre la felicidad así entendida y la conciencia, me quedo con la conciencia; entre la felicidad y la acción, me quedo con la acción; entre la felicidad y el amor, me quedo con el amor; entre la felicidad y la curiosidad, mil veces me quedo con la curiosidad.  
...Y si hubiera una pastilla que me hiciera inmensamente feliz, y otra que me hiciera medianamente inteligente, me tragaría sin dudarlo la segunda.



jueves, 30 de mayo de 2013

El café se enfrió...



- ¿Qué es eso de Schopenhauer, Dostoievski, y noséquiénmás? Eres uno más de esos fanfarrones  que se tatúan en la frente los títulos de los libros que leen. Fanfarrón, idiota y disfuncional…
- Apuesto que tus tatuajes van por el lado de Coelho , Napoleón Hill, y Pilar Sordo.
- ¡Sabelotodo!
- Mira quién habla.
- ...Cuando el café se enfría, ya no sabe bien...



domingo, 12 de mayo de 2013

5-HTTLPR



-No puedes culparme por buscar la felicidad. Necesitaba a un hombre más civilizado, menos bestia que tú… -le dijo ella, clavándole esos fríos ojazos suyos.
- ¿Es que hay algo objetivo llamado felicidad?   Yo creo que Schopenhauer  se anotó un punto: la palabra felicidad es un mero eufemismo… -interrumpió él, sin mirarla, con los ojos puestos en el horizonte.
Hubo un silencio en que ella lo quedó mirando con un dejo de decepción e incredulidad.
- A veces olvido por qué nos separamos. Pero tú eres un permanente post it que me lo recuerda: contigo no se puede ser feliz –replicó ella, comenzando a revolver nerviosamente el café.
- No me puedes culpar a mí, no hay nada allá afuera que se pueda llamar felicidad. La felicidad no es más que un cóctel de químicos cerebrales que nos hacen sentir menos desgraciados –le dijo, mirándola esta vez a los ojos.
- Como sea. Tu infelicidad es un crimen de la peor especie, tu poco apego a la felicidad es peor que una venérea.
- Esa es una acusación injusta –interrupió él-,  es como si me culparas por tener resistencia a la insulina o intolerancia a la lactosa. Hay algunos que traen mejor dotación de drogas fabricadas en el alambique cerebral… Si hay alguien culpable, esos son los genes. Hay personas predispuestas a la felicidad y otras no. Punto.
- Pero pareciera que tú te regocijas en la infelicidad… En cambio, todas las personas normales, por desgraciadas que sean, buscan ser felices… -reprochó ella.
- Bueno, la tendencia a buscar la felicidad es un instinto: venimos con eso de fábrica, como parte del “service pack” de preservación de la especie. Venimos con herramientas genéticas para ser felices, porque siendo felices pensamos que la vida vale la pena, nos preservamos y tendemos a procrear. 
Eso es lo que hay detrás de eso llamado felicidad: Instinto y predisposición química. No hay nada más –apuntó él con energía.
Hubo un corto silencio. Entonces él agregó:
- …Las personas “depresivo-suicidas”, entonces, en el fondo, hemos vencido un instinto, y una narcoadicción.   Se podría incluso decir que eso nos hace más civilizados; ergo, los suicidas somos, desde esta perspectiva, más humanos y menos bestia…
Hubo un silencio, y ante el estupor de ella, él remató diciendo:
- Entonces, ¿volvemos o no? – mientras llevaba la taza de café a la boca.

domingo, 28 de abril de 2013

"Si soy lo que tengo y lo que tengo lo pierdo, entonces ¿Quién soy yo?" (Erich Fromm)




La felicidad cuesta menos.
¿Será cierto que la felicidad se puede comprar en cómodas cuotas mensuales?
A mí me repulsa un poco que el mensaje publicitario sea algo como: las personas que tienen bienes son felices >  Las personas felices, son, entonces, quienes tienen poder adquisitivo para comprar dichos bienes > Las personas con poder adquisitivo son las pudientes o de segmentos altos > luego, la felicidad está reservada a los ricos > pero gracias a ABC Din, una persona sin ser de segmentos altos, tiene poder adquisitivo (vía crédito) > luego, gracias a ABC Din esa persona de segmentos bajos podrá tener bienes o, lo que es lo mismo, será feliz.  Entonces, la puerta de la felicidad se abre con el plástico de la tarjeta.
Yo aún reflexiono acerca de eso llamado felicidad. Pero si de algo estoy seguro, es que la felicidad no es comprar/consumir/tener.

domingo, 14 de abril de 2013

El extraño caso de Ana Neighborhood (o esa enigmática felicidad…).




       Ana -llamémosle Ana Neighborhood- y yo éramos quienes siempre concursábamos en literatura. Y ganábamos. Competíamos entre nosotros por la hegemonía de los trofeos que se ganaban para el Liceo Comercial.
Para sus profes (estudiaba secretariado) ella era la genio de las letras, una posible Nobel para Chile. Para mis profes, yo era ese.

No sé si además Ana Neighborhood era la primera de la clase, pero evidentemente  idiota no era.

Una vez intentamos asistir a un mismo taller de literatura del Liceo; tal vez nuestros profes quisieron potenciarnos. Pero mi misantropía y egoísmo de hijo único, y su talento y autoconciencia de ser la vedette de las letras del Liceo hicieron inviable esa idea de los profes. Seguimos, entonces, ella por su lado y yo por el mío, pero ambos sabíamos que llegaríamos lejos, y ella se creía el cuento más que lo que mi inseguridad crónica me lo permitía a mí.

Nuestros caminos se separaron en cuarto medio, y bueno, no la vi más, ni siquiera la recordé. Asumí que ella iría a alguna universidad tradicional, o siendo autodidacta, de todos modos bebería del éxito. A estas alturas ya la hacía con algo publicado, y tal vez, con algún best seller a cuestas. A lo menos la hacía escribiendo para algún famoso escritor, y siendo madre anónima de algún libro famoso.  Pero siempre pensando en que llegaría a Suecia a recibir cierto premio.

Sin embargo, años después de esos pensamientos, volví a ver a Ana Neighborhood.  Yo, como el looser que soy, viajando en una de esas micros Quibus, que se desarman solas, la que pasaba por uno de las poblaciones más marginales de Quillota, alcancé a esconder mi vergüenza del fracaso de no cumplir con las promesas que ni siquiera hice (pero que otros hicieron por mí); alcancé a correr la cortina de la ventanilla, para que Ana no viera que al fin la carrera dejó de ser apretada, y yo quedé muy atrás, mordiendo el polvo; alcancé a agacharme para ocultar a Ana mi derrota, y evitar así que se riera y regocijara en mi condición.

Como era de esperar, dada mi mala suerte, en esa esquina había un disco pare, y la micro se detuvo, quedando mi ventana a la mismísima altura de Ana Neighborhood…

Todo giró en mi cabeza en esos escasos segundos, y sentí como la sangre me subía a la cabeza, y los colores me ardían en el rostro. Se detuvo mi respiración.

Ana se veía realmente feliz, muy feliz. Iba con una guagua en brazos y acompañada de quien, de seguro, era su pareja.

….Ana, sin embargo, no me vio: iba demasiado apurada en cerrar con llave la puerta de su casa e intentar subir con su guagua y pareja a otra micro, tanto o más destartalada que aquella en que iba yo…

He aquí la paradoja. Sentí una incomodidad, como la que debe sentir mi PC cuando lanza una de esas bluescreen antes de apagarse, me puse pálido y me dio frío. No logré en su minuto, ni logro ahora, procesar lo que vi.

Ana, de seguro, no era rica; se veía limpia pero muy humilde. No adelgazó, seguía tanto o más gorda que en el Liceo. Seguía, además, igual de fea. No tenía auto y viajaba en micro como el perdedor que suscribe. Aparte, su pareja también yo la ubicaba: era un tipo que, en nuestros tiempos del liceo, él ya era veinteañero, y trabajaba como vendedor de zapatos en Bata; en ese tiempo ya era medio calvo y era un verdadero borderline. Un virtual idiota, un looser aventajado.

Y más aún, Ana Neighborhood no se había ganado el Nobel, probablemente no estaba en ninguna universidad dando clases, e incluso, probablemente, ni siquiera había pasado por una. No tenía al parecer los best seller que yo ya le colgaba. Ana Neighborhood nadaba en el mismo charco de fracaso que yo, o al menos eso me parecía a mí.

Pero otra vez, para variar, me equivocaba: el charco era todo mío.

Ana se veía radiante, incluso hasta bonita desde cierto ángulo. Se veía feliz, como esas personas que huelen a felicidad, como que exudan felicidad, que contagian felicidad. Se veía plena, realizada, luminosa. Y no exhibía ademán alguno de querer esconderse del mundo.  Ella no estaba en mi charco, sino que, por el contrario, Ana Neighborhood era la reina del mundo, una diosa, con su guagua, con su marido/pareja limítrofe, y con su “no Nobel”.

Ana es tremendamente feliz, con todas las luces y sombras del término. 
Como sea, y aunque hasta el día de hoy, no logro razonar el por qué de su felicidad,  el extraño caso de Ana Neighborhood me ha dado una de las lecciones más importantes de mi vida.



miércoles, 28 de noviembre de 2012